jueves, 21 de abril de 2011

Posted by Dante Romero On 7:46
Todos podemos escribir un libro, existen muchas historias que narrar.

A veces quisiera tener tiempo para escribir la historia de ella, una mujer bella y lejana a la que un día conocí... en sus buenos y malos momentos. Tenía cuatro niños y uno en brazos cuando le llegó la viudez. De golpe, de una tarde a una mañana su amado Javier la dejó.  


Sus suegros que siempre le profesaron inusual cariño, fueron francos en decirle: que solo ella y los cuatro podrían vivir en la casa oscura, pero ése, al que aún amamantaba; ése no, ése nunca.
            —¡Por qué! —preguntó ella, elevando el tono de su voz.
            —¡Porque ése no es hijo de nuestro hijo! Sino de aquel al que abrazaste en otoño.
            Su mundo se volvió pequeño. Su mente en blanco. Se desmayó.
            Cuando despertó, estaba rodeada por sus hijos. Solo preguntó por el menor. Se lo trajeron y lo amamantó. Al terminar, buscó a sus suegros y les dijo, con su acostumbrado carácter de mujer arrabiada:
            —El que tengo en brazos es el hijo de Javier, los otros cuatro son del hombre que me abrazó en ese tiempo de otoño.
            Dejó la casa oscura esa misma tarde, entre ladridos del perro sarnoso y nunca más volvió.
            Yo siempre fui su mejor amigo. Testigo de cómo amaba a Javier. De sus confesiones y halagos. Yo fui aquel hombre que la abrazó en ese tiempo de otoño. Fue el simple abrazo de un amigo, pero un hecho gravitante que mutó de boca en boca, haciéndolo asqueroso y furtivo.
            No volví a saber de ella, hasta algunos años después, cuando en una carta me lo contó todo.
            Había viajado a un país cercano, sus hermanas la ayudaron. Consiguió empleo como administradora de un destacado restaurante. El menor de sus hijos estudiaba para ser médico y los otros… ya la habían convertido en abuela.
            Tal vez algún día escriba esta historia —le dije.
            Me respondió con su clásica sonrisa:
            —Entonces, procura solo mencionarme como ella y nunca lo hagas hasta que me encuentre bien muerta.
            Años más tarde, el menor de sus hijos me visitó. Era ya un hombre. Me costó tiempo reconocerlo. Me contó que «ella» murió de una enfermedad incurable. Trajo consigo una carta. Cuando la leí, una suave sonrisa se colocó entre mis labios, creo que hasta el último momento conservó esa manera especial de contar las cosas.
            —“… Me llegó, la rostrada guadaña de esta muerte. No viviré mucho. Mi buen amigo, hoy libero todos mis derechos de autor, puedes escribir ese libro y contar mi historia, aunque no creo que a muchos les interese conocerla. Solo una pequeña condición: en tu libro siempre seré «ella»… y nada más que: «ella»”.
            Tal vez, sean estas las únicas líneas que escriba de «ella».
            Como ven, existen muchas historias que narrar. La vida misma es un precioso libro que escribimos día a día.
            Que nadie les diga que no pueden escribir. Que ninguna editorial les niegue o les mutile sus obras a publicar. Ahora no son los tiempos de antes. Ahora Internet ha quebrado esas barreras. Ahora sus historias pueden realmente trascender.
            Que tengan una hermosa semana… ¡Adelante… a escribir su obra!


Siempre de ustedes.


Dante Romero.


PD. La historia anterior es producto de mi loca imaginación; la escribí en solo quince minutos. Todos podemos escribir un libro: ¿cierto?




3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha incentivado a buscar mis historias. Gracias, leerlo fue maravilloso.

Juan Balbuena.
España.

Anónimo dijo...

Realmente me habéis sacudido con esa historia. Espero leer pronto vuestro libro.

Ana Lucia G.
España.

OLORES DE SEVILLA dijo...

Me ha encantado la historia . Tengo u poema que se titula "ELLA", pero "ELLA", soy yó .