El amor del capitán Stanek

Buscamos escritores

La muerte de los trece bomberos

La cueva de las lechuzas

lunes, 5 de septiembre de 2016

Posted by Dante Romero On 15:40
Me hicieron la pregunta el otro día y hallé las siguientes respuestas que hoy comparto con ustedes mis lectoras (es).

La escritura es buena para el alma.

Así lo siento, al menos en mi caso. Escribir me regocija y sólo estoy haciendo uso de un don maravilloso que Dios nos ha dado a todos. Por eso dedicar una o dos horas a escribir, me hace sentir bien.



Me gusta ver germinar una historia.

Es para mí emocionante ver surgir una de mis novelas. Desde la primera que escribí, hasta las cinco que hoy escribo. Sí; les confesaré esto, no puedo escribir una sola, siento que algo me falta cuando lo hago. Cada una tiene sus propios detalles, sus conflictos y aventuras. Por eso también me encanta tomarme el tiempo en cada una, después de todo escribir no tiene plazos, salvo que tengas el límite de un concurso o de algún jefe.

Viajo, viajo y viajo.

Sí, me encanta viajar y en mis novelas puedo cumplir con este gusto. Cuando viajo en tiempo presente, suelo utilizar la maravilla de un viaje virtual que me ofrece: Google Earth. Con ellos llego a cualquier lugar del mundo y así puedo documentar de detalles pequeños o grandes mis historias. Cuando viajo al pasado, suelo ver imágenes de la gente y lugares de esa época, trato de ser parte de ellos. Escribir es entonces hacer lo que tanto me gusta: viajar.

Consolidar mis personajes.

Una de las novelas que escribo, trata sobre una venganza que atraviesa varios siglos, hasta llegar a nuestra época. Pronto llegaré al punto final. En ella el personaje iniciador de toda esta venganza es una mujer, creo que hubiese sido fácil si fuese un varón. Me costó trabajo al inicio otorgarle las características que yo buscaba, al final pregunté a varias amigas: ¿qué harías si se te presentará este acontecimiento en tu vida en esta época pasada? A mi personaje, lo vestí entonces de todas esas características que ciertamente superaron las que inicialmente me formé.

Dar la bienvenida a una nueva idea.

Sí, es delicioso ver llegar una nueva idea, mientras saboreo una taza de café. Mientras veo caer la llovizna y siento frío. Una nueva historia, nuevos personajes. Muchas veces quisiera “retardar su aparición” pues aún no he concluido con las otras.

Darle a las hojas de papel y las teclas de mi computadora.

Suelo escribir cada historia en hojas de papel, mientras camino alrededor de mi sala, dando vueltas y vueltas, deteniéndome algunos minutos para ver por la ventana a alguna persona haciendo ejercicios en el parque u otra paseando a su mascota. No puedo escribir sentado. Tengo que estar en movimiento. Luego viene hacer el otro trabajo, pasar lo del papel a mi computadora y comenzar a ver esa transformación de mi novela. Esto es algo que me encanta.

Las palabras como piezas de un rompecabezas.

Ya en mi computadora, lo que escribí en papel surge comienza a tener vida, esa en donde las palabras se van uniendo como piezas de un rompecabezas. Existen momentos, cuando termino de escribir y lo leo, cuando me digo: ¿yo escribí esto? Bueno, te felicito Dante, esto está de maravilla.

Vivir vidas que son más grandes.

Me gusta que mis personajes vivan vidas que a mí me gustaría vivir. Bueno, ciertamente como mis anteriores artículos, ya deben de saber que siento que he vivido tantas vidas… como he muerto en tantas otras.

Compartir mi historia con los demás.

Finalmente llega lo bonito de escribir una historia, el poder compartirla con los demás. Esperar que te lean, que te hagan llegar algún halago, comentario, etc. Como el de mi amiga española Inmaculada Limón, que hace poco me escribió en Twitter: ¡deseando leerte! Existen tantas satisfacciones.

Si mi artículo fue de su agrado lo invito a compartirlo en sus redes sociales e incluso dejarme algún comentario.

Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

Dante Romero

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lunes, 29 de agosto de 2016

Posted by Dante Romero On 1:30
Lo que voy narrarles hoy, es un acontecimiento que sólo lo conocían mis familiares. Y ahora ustedes.

Para quienes hemos tenido la dicha de conocer a nuestras abuelas y de escuchar de ellas sus anécdotas y consejos, así como saborear algún rico postre o comida, pues hemos vivido momentos que nos llenan la vida.

Recuerdo que cuando tuve mi primer empleo, yo no poseía ningún terno, mi indumentaria hasta ese momento era informal, jeans y camisas. Mi abuela Ángela me sorprendió un día y me entregó el dinero para comprarlo, al principio no quise aceptarlo, pues sé que ella ahorraba para los arreglos de su casa, su salud etc. Pero ella insistió tanto, que ese día me compré como ella me dijo: el mejor de todos los ternos.



Nunca me dijo nada al respecto de devolverle el dinero, pero lo hice desde mi primer sueldo y hasta le pedí que me acompañara para ayudarme en decidirme el color del segundo.

Para ese primer empleo, mi abuela Raquel me obsequió también una linda corbata italiana. Creo que ambas competían por llenarme de regalos. Desde aquella vez, las corbatas italianas tienen un gran significado para mí cada vez que voy a comprar alguna.

Pero más allá de los regalos físicos, el mejor de todos fue ese regalo de abuelas que cada una me obsequió al momento de sus muertes.

Desde luego que nadie quiere que sus abuelas mueran, pero llegamos con mucho dolor a comprender que ese es un acto inevitable de nuestro destino, finito.

Cuando mi abuela Raquel murió, sucedió algo que nunca olvidaré, algo que sin duda alguna marcó mi vida para siempre.

Para aquel tiempo la salud de ella se había quebrado mucho. El médico anunció a la familia que sólo restaba esperar el momento final.

Todos sentíamos esa angustia, ese hondo pesar por lo que le ocurriría. Yo quise estar siempre a su lado, no tenía sueño alguno y ya eran como la una de la madrugada. Por momentos entraba y salía de la habitación. Hasta que cogí una silla y la ubiqué a los pies de su cama.

Desde ahí la contemplaba en silencio. Después de unos treinta minutos, la respiración de mi abuela se hizo pesada. Le costaba respirar. Cada vez su suplicio se prolongaba más, hasta que en uno de ellos, simplemente dejó de hacerlo.

Yo me mantuve sereno, ni siquiera me incorporé. Simplemente no dejaba de verla, tal vez tratando de asimilar lo que era ver morir por primera vez a un ser humano.

Recuerdo que una tía mía se arrodilló a su lado y le dijo:
—Mamá perdóname.

Hasta hoy ignoro el porqué de eso.

Luego mi madre, mi tía y mi prima se fundieron en un abrazo común, de esos cuando las cabezas se juntan unas con otras y los brazos cuelgan de los hombros. Yo para todas ellas no parecía existir en aquella habitación.

Lo que sucedió inmediatamente después, me paralizó por completo en aquella silla.

Del centro del pecho de mi abuela comenzó a emerger un hilo de luz. Sí, un hilo de luz, muy fino al principio, luego más intenso. Era una luz exageradamente blanca.

De pronto esa luz llenó con su intensidad toda la habitación. Traté en ese momento de llamar la atención de mi tía, mi madre o quien quiera que me viera, pero tenía un nudo en la garganta. Esa fue la primera vez en mi vida que he sentido el significado de: tener un nudo en la garganta.

Luego me tranquilicé.

La luz adoptó una forma esférica del tamaño de una pelota de básquet. En su interior se movían otras franjas de luces. Esa esfera tenía alguna forma de vida.

Aquella esfera flotó sobre el cuerpo de mi abuela por breves segundos y luego con energía propia, comenzó a girar a bajas revoluciones. Y a moverse en mi dirección.

Recuerden que yo puse la silla al final de la cama de mi abuela. Y esa esfera de luz recorría ya sus muslos, sus rodillas y finalmente llegó a sus pies. Desde ahí saltó hacia mis piernas y se elevó hasta quedar a unos diez centímetros de mi rostro. En ese momento, créanme, me dije a mí mismo que esa era la esfera de luz más hermosa que vi en mi vida.

Cuando quise tocarla, simplemente se disparó hacia el techo y desapareció a una gran velocidad. Al hacerlo: me despeinó.

Al desaparecer recién se liberó el nudo y el dije a mi madre:
—¡Vieron la luz, la esfera de luz!

Ninguna de ellas vio nada.

Me pareció increíble que no la vieran pues esa luz iluminó toda la habitación —les dije.

Luego miré al techo y me atreví a decir:
—Adiós abuela. Y gracias por despedirte.

Recuerdo hoy a Isaac Newton, quien dijo: “La energía no se crea ni se destruye… sólo se transforma”.

Sé que mi abuela era esa brillante esfera de luz. Era hermosa. Y sé que ese fue un acto de despedida.

Años después falleció mi otra abuela: Ángela. Su muerte fue muy dolorosa, complicada con la diabetes que padecía. Recuerdo que me sentí muy triste por su partida y también por mi abuelo que se quedaría solo, sin su compañera de toda la vida.

Pero una semana después, tuve un sueño que nunca he olvidado y que hoy se los contaré:

Aparecí de pronto en unas colinas. Todo era verdor, flores y sol. Pude sentir una brisa cálida tocar mi rostro. Y de pronto, de entre todo ese bello lugar, apareció mi abuela. Su rostro era el de una muchacha de veinte. Vestía de blanco. Al mirarnos, ella simplemente me dijo:
—Yo estoy bien, mírame; yo estoy bien. No te preocupes por mí.

Yo le sonreí y en ese momento, desperté.

Ese fue el otro regalo de mis abuelas.

Ambos los valoro mucho y siempre estarán presentes en mí.

Hoy sé por ellas que existe algo más hermoso después de nuestra muerte física. Otra vida, en otra dimensión.

Si alguno de ustedes ha tenido un acontecimiento semejante en sus vidas me gustaría conocerlo, para saber simplemente que no soy el único en haberlos vivido.

Si mi artículo fue de su agrado lo invito a compartirlo en sus redes sociales e incluso dejarme algún comentario.

Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

Dante Romero

Consultor en ventas, negociación, recursos humanos y forex | Escritor Amazon.com

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lunes, 22 de agosto de 2016

Posted by Dante Romero On 1:30
Si usted hace daño a alguien, puede estar seguro que tarde o temprano su acción le traerá consecuencias, incluso para quienes le rodean.

Mi negocio de útiles de oficina lo traspasé unos años después. Me dediqué a la asesoría empresarial, era un trabajo menos estresante y ganaba tanto o más que estar pendiente de compras, ventas, inventarios e impuestos.

Un día un amigo me propuso un negocio: formar una empresa de venta de artefactos para el hogar. Poseía todo el estudio económico y de mercado. Él y yo seriamos los accionistas en 50%

Después de evaluarlo, decidí aceptar su propuesta.

Él pondría el local que heredó de sus abuelos y aunque lo alquiló para diversos negocios, siempre pensó que por su ubicación, la afluencia de público y otros, el negocio tendría bastante éxito, sobre todo a partir del segundo semestre.

Nos dividimos las funciones de compra; él se encargaría de la denominada línea gris, es decir: equipos de sonido, video juegos, televisores, etc. Yo el responsable de la línea blanca: refrigeradoras, cocinas, congeladoras, etc.



Aunque ambos teníamos autonomía de compra, siempre nos reuníamos cada martes para evaluar las acciones a seguir. Contratamos a un excelente equipo de vendedores.

Si bien la venta directa era interesante, nuestro capital “dormía” mucho tiempo, era más interesante convertirnos en distribuidores de una sola línea en el segmento mayorista y distribuir los equipos fuera de la ciudad, en provincias. Algo que los estudios también revelaron. Ese era nuestro objetivo para el segundo año.

La empresa que nos proveía de la línea blanca era una de las mayores del Perú, su gerente de ventas era Ricardo Linares.

Ricardo era un tipo jovial como directo en lo que podía ofrecer. Nosotros pertenecíamos a un de grupo de 20 empresas, a las que él denominaba “sus ángeles salvadores” dado que cuando le faltaban ventas para cubrir su cuota del mes, acudía a nosotros y nunca lo defraudamos.

Sin embargo ignorábamos lo que sucedía al interior de su compañía.

Un día Ricardo nos llamó para una reunión en nuestro negocio, según él, tenía una oferta que no rechazaríamos.

Aquella tarde durante la reunión, se mostró tan igual como siempre: haciendo bromas, sin dejar de presionar los botones de la enorme calculadora que siempre llevaba con él.

La propuesta que nos dio resultaba interesante, pero adicionaba una cláusula poco común: pagar en efectivo y comprar más de lo necesario.

Para nosotros eso significaba comprar tres meses de inventarios.

Al hablar con mi socio, decidimos sólo comprar lo mismo.

Llamé a Ricardo al día siguiente y le di nuestra respuesta: “sólo podemos comprar lo de siempre, pero pagaremos en efectivo”. Él respondió: que según como compren los otros “ángeles” nos informaría.

Pasó una semana y recibimos la llamada de Ricardo, según él, aceptaba nuestra propuesta, redactaría la factura y pasaría por nuestro negocio horas después. Nosotros aceptamos.

Ciertamente Ricardo nos entregó la factura que sellaba nuestro negocio. En aquel tiempo eso significaba desembolsar alrededor de 20,000 dólares americanos.

Normalmente la línea blanca de esa compañía llegaba a nuestro almacén en tres días, pero transcurrió una semana, así que decidí llamarlo.

En la compañía me dijeron que Ricardo ya no trabajaba con ellos, que otro gerente lo reemplazaba: Manuel Nurini.

Manuel me escuchó por la línea telefónica con mucha atención, hasta que mencioné a Ricardo, la factura que poseíamos y fue entonces que propuso mejor reunirnos en sus oficinas al día siguiente.

Esa tarde recuerdo que con mi socio, llegamos y nos hallamos a otros amigos y conocidos del rubro. Manuel apareció puntual, se presentó ante todos y los que nos dijo, fue:
—Soy el nuevo gerente de ventas y los he reunido aquí para informarles que el señor Ricardo Linares ha sido denunciado a la policía por los delitos de robo y estafa, en agravio de nosotros y de nuestros clientes. Él está como no habido, puesto que se ha mudado de la casa que habitaba con su familia. Él fue cesado en sus funciones hace ya un mes, sin embargo, no les informamos de ello, eso fue un grave error de nuestra parte. Él continuó visitando nuestra compañía para solucionar varios vacíos contables y fue ahí que se apoderó de 100 facturas, las cuales estamos rastreando. Ricardo Linares se aprovechó de su situación y relación con nuestros clientes, para recibir dinero en nuestro nombre. Hasta hoy no sabemos el monto exacto de su robo y estafa. Sin embargo debo decirles que nuestra compañía cumplirá gradualmente con la entrega de sus compras.

Eso fue como si te bañaras con agua helada, en plena Siberia.

También fue indignante descubrir que alguien a quien todos consideraban un buen amigo, terminara siendo un vulgar ladrón y estafador.

Aunque Ricardo no era hallado por la policía, yo recordé que alguna vez cuando íbamos en mi automóvil él me pidió desviarnos para llegar a la casa de sus padres, un lugar en una zona bonita de la ciudad de Lima, al que él denominó “mi último refugio”. Era, según me contó, una casa que su hermano y él venderían en cuanto sanearan los documentos respectivos.

Esos 20,000 en aquel entonces era mucho dinero y no recibir la mercadería nos afectaba enormemente.

Decidí entonces ir a buscar esa casa.

Al día siguiente di con el lugar. Fui solo, dado que era responsable ante mi socio de la línea blanca.

Al tocar el timbre la esposa de Ricardo abrió la puerta. Ahí también estaban sus dos pequeños hijos.

Desde luego que Ricardo se sorprendió al verme. Pero mis primeras palabras fueron:
—Vengo en paz. ¿Puedes recibirme?

Después de darme todo un rollo de excusas y disculpas. Fui al grano:
—Todas esas personas que te dieron su dinero, que confiaron en ti, hoy están a punto de quebrar. Son ellos y sus familias. ¿Cómo puedes alimentar y vestir a tus hijos con ese dinero robado? Todos ellos lanzan maldiciones a diario contra ti y tu familia.

Acto seguido, consideré que no había razón de hablar más y le entregué la cuenta de nuestro banco, para que deposite lo que nos robó. Me despedí.

Antes de irme Ricardo me dijo:
—¿Vas a ir con la policía y les dirás que me encuentro aquí?
—No Ricardo, me conoces y sabes que no soy así. Todo cae por su propio peso. Si la policía te arresta, no será por mí.

Tres días después recibimos en nuestro local un sobre cuyo remitente era Ricardo. Dentro, existía una nota que nunca olvidaré:
—“Los vivos… vivimos de los tontos, cuando reciban esta nota ya estaré en otro país, en mi nuevo hogar.”

Adjunto a ella había un depósito bancario en nuestra cuenta por el importe de 1.00 (un dólar americano).

Cuando terminé de leer la nota y vi lo que nos depositó, me causó tanta gracia, que no paré de reír hasta que mi socio me golpeó el hombro, para traerme a la realidad.
—¡Cómo puedes reír de los que nos hace ese ladrón! ¡Sólo nos depositó un miserable dólar!

Le dije a mi socio que siempre pensé que Ricardo era un adulto, pero me equivoqué, era sólo un niño. Le dije también que lo que nos había ocurrido deberíamos valorarlo y aprender.

Seis meses después, recibimos de la compañía todo nuestro lote. Mi socio y yo hicimos malabares para seguir manteniendo la compañía a flote en todo ese tiempo, incluso dejando de percibir nuestro salario de gerentes. Fueron meses duros, pero salimos adelante. Otros no lo pudieron lograr y quebraron.

Tiempo después tuve un sueño que nunca he olvidado:
—Era un día de sol. Me hallé de pronto en el interior de una Van. Era amplia. Pude ver que quien conducía era Ricardo, su esposa estaba a su lado y en los asientos posteriores los dos niños. Ricardo y su esposa parecían discutir. Podía escuchar la radio del vehículo. Podía ver la carretera, los automóviles que pasaban en sentido contrario. En eso sentí que mi cuerpo se “congelaba”, vi mis brazos y tenían el aspecto de la carne de gallina. Tuve el presentimiento que algo estaba a punto de suceder. Volví a mirar la carretera y era evidente para mí que Ricardo ingresaba al carril contrario. Recuerdo que le grité:
—¡Ricardo mira la carretera! ¡Mira la carretera! Pero él parecía no escucharme. En ese momento noté que los niños sí podían verme y oírme, pues uno de ellos llegó a decir:
—Papá mira la carretera.
Los niños habían estado jugando y no llevaban los cinturones puestos, entonces les dije:
—¡Niños pónganse sus cinturones!
Me hicieron caso.

Luego vi un vehículo grande que venía en curso de colisión. Escuché la bocina. Observé que Ricardo trató de cambiar el rumbo, pero sucedió el impacto. Pude ver que la Van rodó sobre la pista. Fue en ese momento que me desperté, con mi pecho y espalda llenos de un sudor helado.

Supe en ese momento que algo malo les sucedería a Ricardo y su familia. Hubiese querido comunicarme con él y advertirle, pero después de esa nota, sencillamente desapareció.

Varios días después un amigo comerciante llegó a nuestro local y dentro de la conversación, nos dijo:
—¿Supieron lo de Ricardo Linares?
—No, para nada. (Respondimos mi socio y yo)
—Estaba viviendo en Miami. Parece que su camioneta chocó. La esposa murió y él quedó con la columna vertebral destrozada. Usaba silla de ruedas, pero no soportó vivir así y se suicidó. Su hermano adoptó a sus hijos.

Cuando nos contaron eso, recordé el sueño y supe que yo estuve ahí de alguna forma. Me alegré de saber que sus pequeños hijos no murieron. Me alegró saber que si ellos pudieron verme, me hicieron caso y se pusieron sus cinturones de seguridad.

Esta es una historia que ha vivido conmigo durante mucho tiempo y cada vez que la recuerdo me hace ver que la vida es tomar un conjunto de decisiones. De acuerdo a cuales elijamos marcamos nuestro futuro, para nosotros mismos y los que nos rodean.

Nunca levanté ninguna maldición contra Ricardo, pero mi socio lo hacía cada vez que lo recordaba y supongo que también lo hacían los muchos empresarios estafados por él.

Una vez leí que cuando lanzamos una maldición contra alguien, no solo afecta a la persona que se menciona, sino también a quien la dice.

Mi próximo artículo:
Tengo un gran respeto por la vida y también por la muerte. Recuerden que en mi artículo anterior les dije que “soy un espíritu viejo” que al parecer he vivido tantas veces como he muerto.

Para mi próximo artículo, les he reservado otra historia, por la cual unas personas tan amadas por mí, me mostraron que existe algo más; más allá de la muerte física. Un acontecimiento que me sucedió y que hasta hoy sólo lo conocen mis familiares, será esta vez conocido por todos ustedes.

Si mi artículo fue de su agrado lo invito a compartirlo en sus redes sociales e incluso dejarme algún comentario.

Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

Dante Romero
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lunes, 15 de agosto de 2016

Posted by Dante Romero On 1:00
No escribía en mi blog desde hace muchas lunas. Ciertamente he escrito variados artículos, muchos de ellos dirigidos a los novelistas o escritores como yo, pero desde ahora voy a narrar historias que me suceden o me han sucedido u otras que capturen mi atención.

Acontecimientos de la vida real, sobre todo pensando en mis lectoras (es) de mis obras, de las cuales existen ya dos a las cuales tengo cerca de ponerles el punto final. ¡Yeeee!

He querido en este primer artículo (de otros tres que escribiré), narrar sobre algunos hechos que me sucedieron hace ya varios años, creo que tendría la mitad de los años que tengo hoy. Sucesos que me demostraron, que hacer la maldad a alguien siempre trae consecuencias.



Estoy seguro que después de leerlo, no querrán hacerme daño…

Haydee Cotrina y Raúl Pastor

Desde muy joven dirigí empresas, ocupé diversos cargos que me nutrieron de experiencia en los negocios; hasta que un día constituí el mío, un negocio de distribución de artículos de oficina. Siempre tuve la habilidad innata para dialogar con la gente, y descubrir lo que realmente deseaban. Utilizaba ese talento para venderles productos.

En ese tiempo yo era: el vendedor, distribuidor y el gerente. Pero cuando los pedidos crecieron, y las cosas se pusieron incontrolables, es que decidí contratar los servicios de una asistente, además de otros empleados.

De entre todas las postulantes hubo una muchacha con un currículo que delataba gran experiencia en empresas de mi competencia; así que no lo pensé dos veces y la contraté.

Haydee era una mujer dinámica, siempre estaba un paso adelante. Por momentos se me “olvidaban” ciertos asuntos, pero ahí estaba ella para hacérmelos recordar.

Al poco tiempo, la oficina de al lado fue alquilada por un equipo de contadores, lo dirigía: Raúl Pastor.

Pensé entonces en cambiar de contador ya que el actual, aunque cumplía, se perdía mucho tiempo por lo lejano que se hallaba desde mi centro de operaciones.

Entonces tomé la decisión de nombrar como mi contador al Estudio Raúl Pastor. Que resultó en algo mejor pues me entregaba informes semanales de las ganancias, perdidas, impuestos y hasta del stock. Algo que el anterior no me ofrecía, salvo que yo se los pidiera.

A los dos meses se hizo evidente que Haydee y Raúl comenzaron a salir juntos. A mí me pareció bien por ellos.

Pero lo que sucedió tres meses después, terminó con una decepción para mí sobre aquellos dos.

En primer lugar, en ese lapso de tiempo noté que los estados contables no reflejaban las ganancias del total de ventas realizadas, y aunque las cifras “cuadraban”, existía algo que me parecía extraño. Así que para sorpresa de Raúl un día llegó a su oficina un equipo de auditoria.

El informe de auditoria reveló que poseía una cuenta denominada: “donaciones”.

¿Donaciones? Así se llamaba y recibía el 1% de las ventas realizadas. Lo curioso era que esa cuenta había crecido en tantos dígitos que era necesario rescatar ese dinero y anularla. Pero al tratar de hacerlo me llevé una sorpresa. El dinero de mi empresa ingresaba a la cuenta bancaria de otra empresa, cuyos propietarios eran: Haydee y Raúl.

Traté como es mi costumbre, negociar con ellos para evitarles una denuncia policial, la demanda, el juicio y la cárcel. Pero nunca me pidieron disculpas, ni devolvieron el dinero.

Al contrario de todo y me imagino cegados por su “buena fortuna” decidieron abrir una empresa que comenzó a vender lo mismo, se convirtieron en mi competencia, con el dinero de mi negocio. Además poseían toda la relación de mis clientes.

Debo confesar que esto me molestó en un principio, pero luego traté de olvidarlo y seguir adelante. Consideré y valoré esta experiencia mucho más que todo el dinero robado.

De Haydee llegué a conocer a sus padres y hermanos. También ayudé a su hermana para que le entregasen una visa a los EE. UU.

Por mi parte siempre la apoyé y considero hasta hoy que nunca obré mal con ella. Sus padres y hermanos me dieron la razón el día que me reuní con ellos para que la hicieran recapacitar. Era evidente toda la vergüenza que sentían, por esa hija que se convirtió en una ladrona.

Pasaron tres semanas y cuando la denuncia policial concluyó y todo me daba la razón para dar el siguiente paso, sucedió algo que nunca he podido olvidar, algo que me marcó para toda la vida.

Tuve un sueño, un sueño que me estremeció. Un sueño que cada vez que lo recuerdo me hace ver que existe algo más después de este mundo físico. Algo más que no concluye con la muerte.

Para ese entonces ya no pensaba en Haydee ni Raúl, si los recordé fue por mi abogado que me hizo saber que debía continuar el proceso de la denuncia y para ello firmar unos documentos. Lo cité para el día siguiente.

Pero aquella noche tuve ese sueño, algo que sólo he narrado a las personas más cercanas a mí… y hoy a ustedes.

 En ese sueño me hallé de pronto en un lugar conocido, era la casa de Haydee. Era de noche, había muchas personas reunidas allí. Reconocí a sus padres, hermanos y también a Raúl. Todos mostraban rostros de tristeza. Recuerdo que en todo momento me hacía la misma pregunta: ¿qué sucede, qué hago aquí, que es todo esto?

Existía una fuerza que guiaba mis pasos entre toda esa gente. Recuerdo que mientras avanzaba, ellas y ellos se desplazaban a un lado u otro, para dejarme continuar. Sentí eso como un acto de respeto hacia a mi persona. Como si yo tuviese más conocimiento de algo. De algo que superaba el de todos ellos. Recuerdo que también le daba a cada uno un gesto en reciprocidad por abrir el paso ante mí.

Podía percibir que aunque yo no recordaba a ninguno de ellos y el grupo lo conformaban: mujeres, varones y hasta niños de diferentes  edades; ninguno se mostraba triste al verme, al contrario, lo que sus rostros reflejaban era esa expresión que hacemos cuando nos encontramos después de mucho tiempo con una persona amada o querida. Así me hicieron sentir: que se alegraban de volverme a ver.

Yo caminaba entre ellos a “paso de procesión”. Pienso que recorrí como unos cien metros, cuando decidí dar un vistazo atrás y todas esas miradas seguían pendientes de mí. En ese lugar tal vez habría unas 500 personas.

De pronto sentí que en aquel lugar también estaba Haydee, pero no en la forma que la conocí.

Cuando todo ese mar de gente pareció terminar, apareció ante mí lo que yo ya intuía: un ataúd.

Cerré un momento mis ojos, pues sin necesidad de avanzar unos pasos más, ya sabía que ahí estaba el cuerpo de Haydee.

Admiré los detalles de ese ataúd, pues quien lo hizo grabó tanto dibujos que parecían componer paisajes, pinos, lagos, lugares que llaman a la tranquilidad.

La mitad de la puerta superior del ataúd estaba abierta, como se acostumbra dejar en los velorios. Recuerdo que yo no quería avanzar más, pero una mujer joven de rostro amable, se me acercó y me dijo:

—Ella sólo quiere que la perdones.

Entonces acepté y al llegar a estar tan cerca de ese cuerpo, me sorprendí de verla tan entrada en años. La Haydee que yo conocí era joven de 25 años, la de aquel ataúd era una mujer de 80.

La mujer que antes me invitó a acercarme, parecía “leer mis pensamientos” pues en esta ocasión me volvió a hablar, diciéndome:

—Es ella… sólo que sufrió mucho. Sus riñones.

En ese momento sentí una gran tristeza por Haydee, por todo lo que debió de sufrir. Entonces: la perdoné.

Nunca podré olvidar la sensación que me dejó ese acto de perdón. Era como una corriente eléctrica de muy bajo voltaje, recorriendo cada rincón de mi alma: haciéndome sentir bien.

Al día siguiente cuando llegué a mi negocio, mi abogado ya me esperaba con los papeles para firmar. Le dije, que no seguiríamos con ese juicio. Que todo se detenía ahí. Desde luego que argumentó que eso era algo absurdo, que ya teníamos ganado el juicio, etc.

Entonces extendí un cheque a su nombre por la cantidad que él hubiera ganado de llevar adelante ese juicio. Al verlo no lo podía creer, sólo me preguntó:

—¿Por qué cambió usted de opinión contra esas personas?
—Tal vez, porque se siente bien, que te pidan: perdón.

Tres años después, coincidimos en un seminario el hermano de Haydee y yo. Me contó que ella y Raúl se casaron, aunque sus padres nunca estuvieron de acuerdo. Que un año después de su boda, ella comenzó a sufrir mucho, sus pies se hinchaban, sus manos temblaban y hasta sangraba por la nariz, los médicos le diagnosticaron: insuficiencia renal.

Raúl gastó todo lo que tenían en los tratamientos de hemodiálisis, incluso sus padres, gastaron mucho dinero en clínicas privadas. Finalmente ella necesitó de un trasplante de riñón, pero nunca pudieron conseguir un donador compatible.

Luego me habló de Raúl, a quien un año después de la muerte de Haydee le detectaron cáncer al pulmón. Yo llegué a llamarlo alguna vez: “la chimenea andante”, pues ni bien terminaba de fumar un cigarrillo, encendía otro. Era su vicio.

Me dijo que cuando él fue a visitarlo al hospital; no lo reconoció. Raúl un hombre alto, que pesaba como 100 kilos. Era ante él un sujeto que ahora pesaba solo la tercera parte. Murió unos días después.

Desde aquel sueño, en las pocas veces que he acudido a un velorio, nunca me he acercado tanto como para ver el rostro de los fallecidos.

Un amigo me dijo una vez, que yo era un “espíritu viejo”, que había muerto tantas veces, como las que había vivido. Pienso que por ello no le temo a la muerte, creo que también ella es… una vieja conocida.

Por las experiencias como esta y otras que les iré narrando, que me han sucedido a lo largo de mi vida, pienso que la vida no termina con la muerte, sé que existe algo más esperándonos, para quienes sabemos obrar bien. Estoy seguro que venimos a esta vida para aprender. Yo incluso pienso que aún estoy aprendiendo a ser mejor.

La moraleja de todo esto es: que hacer el bien a otros, siempre será lo mejor, para nosotros mismos y los que nos rodean.

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Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

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