lunes, 22 de agosto de 2016

Posted by Dante Romero On 1:30
Si usted hace daño a alguien, puede estar seguro que tarde o temprano su acción le traerá consecuencias, incluso para quienes le rodean.

Mi negocio de útiles de oficina lo traspasé unos años después. Me dediqué a la asesoría empresarial, era un trabajo menos estresante y ganaba tanto o más que estar pendiente de compras, ventas, inventarios e impuestos.

Un día un amigo me propuso un negocio: formar una empresa de venta de artefactos para el hogar. Poseía todo el estudio económico y de mercado. Él y yo seriamos los accionistas en 50%

Después de evaluarlo, decidí aceptar su propuesta.

Él pondría el local que heredó de sus abuelos y aunque lo alquiló para diversos negocios, siempre pensó que por su ubicación, la afluencia de público y otros, el negocio tendría bastante éxito, sobre todo a partir del segundo semestre.

Nos dividimos las funciones de compra; él se encargaría de la denominada línea gris, es decir: equipos de sonido, video juegos, televisores, etc. Yo el responsable de la línea blanca: refrigeradoras, cocinas, congeladoras, etc.



Aunque ambos teníamos autonomía de compra, siempre nos reuníamos cada martes para evaluar las acciones a seguir. Contratamos a un excelente equipo de vendedores.

Si bien la venta directa era interesante, nuestro capital “dormía” mucho tiempo, era más interesante convertirnos en distribuidores de una sola línea en el segmento mayorista y distribuir los equipos fuera de la ciudad, en provincias. Algo que los estudios también revelaron. Ese era nuestro objetivo para el segundo año.

La empresa que nos proveía de la línea blanca era una de las mayores del Perú, su gerente de ventas era Ricardo Linares.

Ricardo era un tipo jovial como directo en lo que podía ofrecer. Nosotros pertenecíamos a un de grupo de 20 empresas, a las que él denominaba “sus ángeles salvadores” dado que cuando le faltaban ventas para cubrir su cuota del mes, acudía a nosotros y nunca lo defraudamos.

Sin embargo ignorábamos lo que sucedía al interior de su compañía.

Un día Ricardo nos llamó para una reunión en nuestro negocio, según él, tenía una oferta que no rechazaríamos.

Aquella tarde durante la reunión, se mostró tan igual como siempre: haciendo bromas, sin dejar de presionar los botones de la enorme calculadora que siempre llevaba con él.

La propuesta que nos dio resultaba interesante, pero adicionaba una cláusula poco común: pagar en efectivo y comprar más de lo necesario.

Para nosotros eso significaba comprar tres meses de inventarios.

Al hablar con mi socio, decidimos sólo comprar lo mismo.

Llamé a Ricardo al día siguiente y le di nuestra respuesta: “sólo podemos comprar lo de siempre, pero pagaremos en efectivo”. Él respondió: que según como compren los otros “ángeles” nos informaría.

Pasó una semana y recibimos la llamada de Ricardo, según él, aceptaba nuestra propuesta, redactaría la factura y pasaría por nuestro negocio horas después. Nosotros aceptamos.

Ciertamente Ricardo nos entregó la factura que sellaba nuestro negocio. En aquel tiempo eso significaba desembolsar alrededor de 20,000 dólares americanos.

Normalmente la línea blanca de esa compañía llegaba a nuestro almacén en tres días, pero transcurrió una semana, así que decidí llamarlo.

En la compañía me dijeron que Ricardo ya no trabajaba con ellos, que otro gerente lo reemplazaba: Manuel Nurini.

Manuel me escuchó por la línea telefónica con mucha atención, hasta que mencioné a Ricardo, la factura que poseíamos y fue entonces que propuso mejor reunirnos en sus oficinas al día siguiente.

Esa tarde recuerdo que con mi socio, llegamos y nos hallamos a otros amigos y conocidos del rubro. Manuel apareció puntual, se presentó ante todos y los que nos dijo, fue:
—Soy el nuevo gerente de ventas y los he reunido aquí para informarles que el señor Ricardo Linares ha sido denunciado a la policía por los delitos de robo y estafa, en agravio de nosotros y de nuestros clientes. Él está como no habido, puesto que se ha mudado de la casa que habitaba con su familia. Él fue cesado en sus funciones hace ya un mes, sin embargo, no les informamos de ello, eso fue un grave error de nuestra parte. Él continuó visitando nuestra compañía para solucionar varios vacíos contables y fue ahí que se apoderó de 100 facturas, las cuales estamos rastreando. Ricardo Linares se aprovechó de su situación y relación con nuestros clientes, para recibir dinero en nuestro nombre. Hasta hoy no sabemos el monto exacto de su robo y estafa. Sin embargo debo decirles que nuestra compañía cumplirá gradualmente con la entrega de sus compras.

Eso fue como si te bañaras con agua helada, en plena Siberia.

También fue indignante descubrir que alguien a quien todos consideraban un buen amigo, terminara siendo un vulgar ladrón y estafador.

Aunque Ricardo no era hallado por la policía, yo recordé que alguna vez cuando íbamos en mi automóvil él me pidió desviarnos para llegar a la casa de sus padres, un lugar en una zona bonita de la ciudad de Lima, al que él denominó “mi último refugio”. Era, según me contó, una casa que su hermano y él venderían en cuanto sanearan los documentos respectivos.

Esos 20,000 en aquel entonces era mucho dinero y no recibir la mercadería nos afectaba enormemente.

Decidí entonces ir a buscar esa casa.

Al día siguiente di con el lugar. Fui solo, dado que era responsable ante mi socio de la línea blanca.

Al tocar el timbre la esposa de Ricardo abrió la puerta. Ahí también estaban sus dos pequeños hijos.

Desde luego que Ricardo se sorprendió al verme. Pero mis primeras palabras fueron:
—Vengo en paz. ¿Puedes recibirme?

Después de darme todo un rollo de excusas y disculpas. Fui al grano:
—Todas esas personas que te dieron su dinero, que confiaron en ti, hoy están a punto de quebrar. Son ellos y sus familias. ¿Cómo puedes alimentar y vestir a tus hijos con ese dinero robado? Todos ellos lanzan maldiciones a diario contra ti y tu familia.

Acto seguido, consideré que no había razón de hablar más y le entregué la cuenta de nuestro banco, para que deposite lo que nos robó. Me despedí.

Antes de irme Ricardo me dijo:
—¿Vas a ir con la policía y les dirás que me encuentro aquí?
—No Ricardo, me conoces y sabes que no soy así. Todo cae por su propio peso. Si la policía te arresta, no será por mí.

Tres días después recibimos en nuestro local un sobre cuyo remitente era Ricardo. Dentro, existía una nota que nunca olvidaré:
—“Los vivos… vivimos de los tontos, cuando reciban esta nota ya estaré en otro país, en mi nuevo hogar.”

Adjunto a ella había un depósito bancario en nuestra cuenta por el importe de 1.00 (un dólar americano).

Cuando terminé de leer la nota y vi lo que nos depositó, me causó tanta gracia, que no paré de reír hasta que mi socio me golpeó el hombro, para traerme a la realidad.
—¡Cómo puedes reír de los que nos hace ese ladrón! ¡Sólo nos depositó un miserable dólar!

Le dije a mi socio que siempre pensé que Ricardo era un adulto, pero me equivoqué, era sólo un niño. Le dije también que lo que nos había ocurrido deberíamos valorarlo y aprender.

Seis meses después, recibimos de la compañía todo nuestro lote. Mi socio y yo hicimos malabares para seguir manteniendo la compañía a flote en todo ese tiempo, incluso dejando de percibir nuestro salario de gerentes. Fueron meses duros, pero salimos adelante. Otros no lo pudieron lograr y quebraron.

Tiempo después tuve un sueño que nunca he olvidado:
—Era un día de sol. Me hallé de pronto en el interior de una Van. Era amplia. Pude ver que quien conducía era Ricardo, su esposa estaba a su lado y en los asientos posteriores los dos niños. Ricardo y su esposa parecían discutir. Podía escuchar la radio del vehículo. Podía ver la carretera, los automóviles que pasaban en sentido contrario. En eso sentí que mi cuerpo se “congelaba”, vi mis brazos y tenían el aspecto de la carne de gallina. Tuve el presentimiento que algo estaba a punto de suceder. Volví a mirar la carretera y era evidente para mí que Ricardo ingresaba al carril contrario. Recuerdo que le grité:
—¡Ricardo mira la carretera! ¡Mira la carretera! Pero él parecía no escucharme. En ese momento noté que los niños sí podían verme y oírme, pues uno de ellos llegó a decir:
—Papá mira la carretera.
Los niños habían estado jugando y no llevaban los cinturones puestos, entonces les dije:
—¡Niños pónganse sus cinturones!
Me hicieron caso.

Luego vi un vehículo grande que venía en curso de colisión. Escuché la bocina. Observé que Ricardo trató de cambiar el rumbo, pero sucedió el impacto. Pude ver que la Van rodó sobre la pista. Fue en ese momento que me desperté, con mi pecho y espalda llenos de un sudor helado.

Supe en ese momento que algo malo les sucedería a Ricardo y su familia. Hubiese querido comunicarme con él y advertirle, pero después de esa nota, sencillamente desapareció.

Varios días después un amigo comerciante llegó a nuestro local y dentro de la conversación, nos dijo:
—¿Supieron lo de Ricardo Linares?
—No, para nada. (Respondimos mi socio y yo)
—Estaba viviendo en Miami. Parece que su camioneta chocó. La esposa murió y él quedó con la columna vertebral destrozada. Usaba silla de ruedas, pero no soportó vivir así y se suicidó. Su hermano adoptó a sus hijos.

Cuando nos contaron eso, recordé el sueño y supe que yo estuve ahí de alguna forma. Me alegré de saber que sus pequeños hijos no murieron. Me alegró saber que si ellos pudieron verme, me hicieron caso y se pusieron sus cinturones de seguridad.

Esta es una historia que ha vivido conmigo durante mucho tiempo y cada vez que la recuerdo me hace ver que la vida es tomar un conjunto de decisiones. De acuerdo a cuales elijamos marcamos nuestro futuro, para nosotros mismos y los que nos rodean.

Nunca levanté ninguna maldición contra Ricardo, pero mi socio lo hacía cada vez que lo recordaba y supongo que también lo hacían los muchos empresarios estafados por él.

Una vez leí que cuando lanzamos una maldición contra alguien, no solo afecta a la persona que se menciona, sino también a quien la dice.

Mi próximo artículo:
Tengo un gran respeto por la vida y también por la muerte. Recuerden que en mi artículo anterior les dije que “soy un espíritu viejo” que al parecer he vivido tantas veces como he muerto.

Para mi próximo artículo, les he reservado otra historia, por la cual unas personas tan amadas por mí, me mostraron que existe algo más; más allá de la muerte física. Un acontecimiento que me sucedió y que hasta hoy sólo lo conocen mis familiares, será esta vez conocido por todos ustedes.

Si mi artículo fue de su agrado lo invito a compartirlo en sus redes sociales e incluso dejarme algún comentario.

Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

Dante Romero
Consultor en ventas, negociación, recursos humanos y forex | Escritor Amazon.com

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1 comentarios:

maria marcela Irigoyen dijo...

Buena historia Dante ósea tienes sueños premonitorios o viajes astrales, permíteme decirte que esa foto de perfil con gafas no da buena imagen 🌹 cariños