lunes, 15 de agosto de 2016

Posted by Dante Romero On 1:00
No escribía en mi blog desde hace muchas lunas. Ciertamente he escrito variados artículos, muchos de ellos dirigidos a los novelistas o escritores como yo, pero desde ahora voy a narrar historias que me suceden o me han sucedido u otras que capturen mi atención.

Acontecimientos de la vida real, sobre todo pensando en mis lectoras (es) de mis obras, de las cuales existen ya dos a las cuales tengo cerca de ponerles el punto final. ¡Yeeee!

He querido en este primer artículo (de otros tres que escribiré), narrar sobre algunos hechos que me sucedieron hace ya varios años, creo que tendría la mitad de los años que tengo hoy. Sucesos que me demostraron, que hacer la maldad a alguien siempre trae consecuencias.



Estoy seguro que después de leerlo, no querrán hacerme daño…

Haydee Cotrina y Raúl Pastor

Desde muy joven dirigí empresas, ocupé diversos cargos que me nutrieron de experiencia en los negocios; hasta que un día constituí el mío, un negocio de distribución de artículos de oficina. Siempre tuve la habilidad innata para dialogar con la gente, y descubrir lo que realmente deseaban. Utilizaba ese talento para venderles productos.

En ese tiempo yo era: el vendedor, distribuidor y el gerente. Pero cuando los pedidos crecieron, y las cosas se pusieron incontrolables, es que decidí contratar los servicios de una asistente, además de otros empleados.

De entre todas las postulantes hubo una muchacha con un currículo que delataba gran experiencia en empresas de mi competencia; así que no lo pensé dos veces y la contraté.

Haydee era una mujer dinámica, siempre estaba un paso adelante. Por momentos se me “olvidaban” ciertos asuntos, pero ahí estaba ella para hacérmelos recordar.

Al poco tiempo, la oficina de al lado fue alquilada por un equipo de contadores, lo dirigía: Raúl Pastor.

Pensé entonces en cambiar de contador ya que el actual, aunque cumplía, se perdía mucho tiempo por lo lejano que se hallaba desde mi centro de operaciones.

Entonces tomé la decisión de nombrar como mi contador al Estudio Raúl Pastor. Que resultó en algo mejor pues me entregaba informes semanales de las ganancias, perdidas, impuestos y hasta del stock. Algo que el anterior no me ofrecía, salvo que yo se los pidiera.

A los dos meses se hizo evidente que Haydee y Raúl comenzaron a salir juntos. A mí me pareció bien por ellos.

Pero lo que sucedió tres meses después, terminó con una decepción para mí sobre aquellos dos.

En primer lugar, en ese lapso de tiempo noté que los estados contables no reflejaban las ganancias del total de ventas realizadas, y aunque las cifras “cuadraban”, existía algo que me parecía extraño. Así que para sorpresa de Raúl un día llegó a su oficina un equipo de auditoria.

El informe de auditoria reveló que poseía una cuenta denominada: “donaciones”.

¿Donaciones? Así se llamaba y recibía el 1% de las ventas realizadas. Lo curioso era que esa cuenta había crecido en tantos dígitos que era necesario rescatar ese dinero y anularla. Pero al tratar de hacerlo me llevé una sorpresa. El dinero de mi empresa ingresaba a la cuenta bancaria de otra empresa, cuyos propietarios eran: Haydee y Raúl.

Traté como es mi costumbre, negociar con ellos para evitarles una denuncia policial, la demanda, el juicio y la cárcel. Pero nunca me pidieron disculpas, ni devolvieron el dinero.

Al contrario de todo y me imagino cegados por su “buena fortuna” decidieron abrir una empresa que comenzó a vender lo mismo, se convirtieron en mi competencia, con el dinero de mi negocio. Además poseían toda la relación de mis clientes.

Debo confesar que esto me molestó en un principio, pero luego traté de olvidarlo y seguir adelante. Consideré y valoré esta experiencia mucho más que todo el dinero robado.

De Haydee llegué a conocer a sus padres y hermanos. También ayudé a su hermana para que le entregasen una visa a los EE. UU.

Por mi parte siempre la apoyé y considero hasta hoy que nunca obré mal con ella. Sus padres y hermanos me dieron la razón el día que me reuní con ellos para que la hicieran recapacitar. Era evidente toda la vergüenza que sentían, por esa hija que se convirtió en una ladrona.

Pasaron tres semanas y cuando la denuncia policial concluyó y todo me daba la razón para dar el siguiente paso, sucedió algo que nunca he podido olvidar, algo que me marcó para toda la vida.

Tuve un sueño, un sueño que me estremeció. Un sueño que cada vez que lo recuerdo me hace ver que existe algo más después de este mundo físico. Algo más que no concluye con la muerte.

Para ese entonces ya no pensaba en Haydee ni Raúl, si los recordé fue por mi abogado que me hizo saber que debía continuar el proceso de la denuncia y para ello firmar unos documentos. Lo cité para el día siguiente.

Pero aquella noche tuve ese sueño, algo que sólo he narrado a las personas más cercanas a mí… y hoy a ustedes.

 En ese sueño me hallé de pronto en un lugar conocido, era la casa de Haydee. Era de noche, había muchas personas reunidas allí. Reconocí a sus padres, hermanos y también a Raúl. Todos mostraban rostros de tristeza. Recuerdo que en todo momento me hacía la misma pregunta: ¿qué sucede, qué hago aquí, que es todo esto?

Existía una fuerza que guiaba mis pasos entre toda esa gente. Recuerdo que mientras avanzaba, ellas y ellos se desplazaban a un lado u otro, para dejarme continuar. Sentí eso como un acto de respeto hacia a mi persona. Como si yo tuviese más conocimiento de algo. De algo que superaba el de todos ellos. Recuerdo que también le daba a cada uno un gesto en reciprocidad por abrir el paso ante mí.

Podía percibir que aunque yo no recordaba a ninguno de ellos y el grupo lo conformaban: mujeres, varones y hasta niños de diferentes  edades; ninguno se mostraba triste al verme, al contrario, lo que sus rostros reflejaban era esa expresión que hacemos cuando nos encontramos después de mucho tiempo con una persona amada o querida. Así me hicieron sentir: que se alegraban de volverme a ver.

Yo caminaba entre ellos a “paso de procesión”. Pienso que recorrí como unos cien metros, cuando decidí dar un vistazo atrás y todas esas miradas seguían pendientes de mí. En ese lugar tal vez habría unas 500 personas.

De pronto sentí que en aquel lugar también estaba Haydee, pero no en la forma que la conocí.

Cuando todo ese mar de gente pareció terminar, apareció ante mí lo que yo ya intuía: un ataúd.

Cerré un momento mis ojos, pues sin necesidad de avanzar unos pasos más, ya sabía que ahí estaba el cuerpo de Haydee.

Admiré los detalles de ese ataúd, pues quien lo hizo grabó tanto dibujos que parecían componer paisajes, pinos, lagos, lugares que llaman a la tranquilidad.

La mitad de la puerta superior del ataúd estaba abierta, como se acostumbra dejar en los velorios. Recuerdo que yo no quería avanzar más, pero una mujer joven de rostro amable, se me acercó y me dijo:

—Ella sólo quiere que la perdones.

Entonces acepté y al llegar a estar tan cerca de ese cuerpo, me sorprendí de verla tan entrada en años. La Haydee que yo conocí era joven de 25 años, la de aquel ataúd era una mujer de 80.

La mujer que antes me invitó a acercarme, parecía “leer mis pensamientos” pues en esta ocasión me volvió a hablar, diciéndome:

—Es ella… sólo que sufrió mucho. Sus riñones.

En ese momento sentí una gran tristeza por Haydee, por todo lo que debió de sufrir. Entonces: la perdoné.

Nunca podré olvidar la sensación que me dejó ese acto de perdón. Era como una corriente eléctrica de muy bajo voltaje, recorriendo cada rincón de mi alma: haciéndome sentir bien.

Al día siguiente cuando llegué a mi negocio, mi abogado ya me esperaba con los papeles para firmar. Le dije, que no seguiríamos con ese juicio. Que todo se detenía ahí. Desde luego que argumentó que eso era algo absurdo, que ya teníamos ganado el juicio, etc.

Entonces extendí un cheque a su nombre por la cantidad que él hubiera ganado de llevar adelante ese juicio. Al verlo no lo podía creer, sólo me preguntó:

—¿Por qué cambió usted de opinión contra esas personas?
—Tal vez, porque se siente bien, que te pidan: perdón.

Tres años después, coincidimos en un seminario el hermano de Haydee y yo. Me contó que ella y Raúl se casaron, aunque sus padres nunca estuvieron de acuerdo. Que un año después de su boda, ella comenzó a sufrir mucho, sus pies se hinchaban, sus manos temblaban y hasta sangraba por la nariz, los médicos le diagnosticaron: insuficiencia renal.

Raúl gastó todo lo que tenían en los tratamientos de hemodiálisis, incluso sus padres, gastaron mucho dinero en clínicas privadas. Finalmente ella necesitó de un trasplante de riñón, pero nunca pudieron conseguir un donador compatible.

Luego me habló de Raúl, a quien un año después de la muerte de Haydee le detectaron cáncer al pulmón. Yo llegué a llamarlo alguna vez: “la chimenea andante”, pues ni bien terminaba de fumar un cigarrillo, encendía otro. Era su vicio.

Me dijo que cuando él fue a visitarlo al hospital; no lo reconoció. Raúl un hombre alto, que pesaba como 100 kilos. Era ante él un sujeto que ahora pesaba solo la tercera parte. Murió unos días después.

Desde aquel sueño, en las pocas veces que he acudido a un velorio, nunca me he acercado tanto como para ver el rostro de los fallecidos.

Un amigo me dijo una vez, que yo era un “espíritu viejo”, que había muerto tantas veces, como las que había vivido. Pienso que por ello no le temo a la muerte, creo que también ella es… una vieja conocida.

Por las experiencias como esta y otras que les iré narrando, que me han sucedido a lo largo de mi vida, pienso que la vida no termina con la muerte, sé que existe algo más esperándonos, para quienes sabemos obrar bien. Estoy seguro que venimos a esta vida para aprender. Yo incluso pienso que aún estoy aprendiendo a ser mejor.

La moraleja de todo esto es: que hacer el bien a otros, siempre será lo mejor, para nosotros mismos y los que nos rodean.

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Hasta pronto.

Buen día para todos. Felicidad en sus hogares. Nos leemos.

Dante Romero
Consultor en ventas, negociación, recursos humanos y forex | Escritor Amazon.com

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1 comentarios:

maria marcela Irigoyen dijo...

Interesante, creer en la eternidad del alma nos hace mas libres y conscientes. El punto es tener la inteligencia suficiente para saber narrar las experiencias espirituales sin ser considerado un místico o un loco. Cariños Dante